La pesadilla de las vacaciones

Llega el momento de tomarse un descanso y de forma inevitable hay que decidir dónde ir. Playa, montaña, ciudades monumentales o el descanso en el refugio familiar. Todas son posibilidades que nos sirve para desconectar, porque para descansar están los días de diario. No sería la primera vez en el que se vuelve más cansado de unas vacaciones que como se fue.

El problema es cuando en la ecuación de unas vacaciones entra un geólogo. En ese momento las posibilidades y las pesadillas para los que lo acompañan se multiplican. Comencemos el viaje del terror.

montaña palentinaSi se decide ir a la montaña lo más probable es que el geólogo busque de inmediato toda la información de la geología cercana. En apenas una semana es posible que sea capaz de componer un trabajo de unas cincuenta páginas sobre la tectónica local, la orogenia que formó el relieve y las edades de las rocas. Sin duda podrá hablar de los ambientes y de los fósiles contenidos en los estratos sedimentarios, lo que puede suponer un dolor de cabeza para sus acompañantes.

No me quiero imaginar la sorpresa que podría suponer el hecho de que cuando se esté deshaciendo la maleta aparezca un mango seguido del extremo de un martillo. Incluso en uno de los bolsillos laterales haya una brújula escondida.

Las miradas de extrañeza en la casa rural se volverán en gritos en la lejanía, cuando el geólogo se retrase en una ruta para admirar una estratificación cruzada, unos micropliegues o el contacto neto entre estratos mientras el resto quiere seguir adelante, porque pronto se hará de noche y quedan un par de horas para llegar al pueblo.

Tal vez a la playa (solo tal vez) el martillo no haga acto de presencia entreAcantilado las toallas y los bañadores, pero el temor que puede surgir al llegar a la costa puede ser increíble.

Colocamos pulcramente la toalla en la arena, para que ni un grano la traspase. Nos quitamos las chanclas, dejamos al aire nuestra piel y nos embadurnamos de crema hasta parecer un copo de nieve. Pero ahí está el geólogo, jugando con la arena entre sus manos, pasándola de una a otra, dejándola caer como si fueran cascadas de agua escurriéndose entre sus dedos. Cuarzo, dirá en algún momento, fragmentos de conchas, continuará en su descripción.

Alguien, un iluso, le dirá que es solo arena. El geólogo levantará la cabeza lo mirará, inclinará ligeramente el cuello produciendo un chasquido y abrirá la boca: es una arena media, de cuarzo y feldespato, con fragmentos de gasterópodos y ostrácodos, con buen sorting y forma esférica.

BujacoNo os preocupéis, no le ha dado una insolación y nunca, y cuando digo nunca es nunca, lo llevéis a la orilla. Un geólogo es peor que un gremling al lado del agua. Puede que encuentre una concha y en menos de diez segundos os pueda hacer un trabajo postdoctoral sobre las relaciones morfológicas de las marcas superficiales y los ataques de depredadores, componiendo un gráfico, dibujado en la arena, en el que se muestra el aspecto bimodal entre ataques químicos y por dientes de mamíferos marinos.

La ciudad, diréis. Asfalto y cemento, coches y ni un solo animal a la vista, salvo perros, gorriones y algún alce despistado (si no preguntad a los canadienses). Pero en lugar de contemplar la historia del lugar, verá los fósiles escondidos en la escalinata del museo, los fenocristales del granito de esa puerta imperial, admirará lo iguales que son los granos de esa arenisca que forma lazos en la columna de un claustro y seguramente tendréis que dar más de una explicación a un guardia porque vuestro amigo está haciendo fotos a una zona protegida, cuando en realidad lo que está haciendo es tomar una imagen de una riolita con marcas traquíticas.

Podéis pensar que lo mejor es encerarlo en el hotel y disfrutar de unas vacaciones tranquilas, pero cuando estéis por la montaña, caminéis por la orilla o disfrutéis de una cerveza en una terraza de la plaza mayor, en vuestro interior estaréis echando en falta algo, como si os faltara la cartera. Eso es que necesitáis que alguien os diga que estáis atravesando una charnela, que grite de admiración al ver las calizas del acantilado o que llore de emoción cuando al atardecer la luz del sol incida sobre las rocas de una torre (pongamos la de Bujaco {Cáceres, España}) y muestre un color anaranjado sublime.

 

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