Dataciones extraterrestres

Cuando queremos saber la edad de una roca o de una formación resulta relativamente sencillo aquí, en la Tierra. Podemos saber una edad aproximada mediante la secuencia estratigráfica en la que se encuentre, determinando una edad máxima y mínima con respecto a los estratos que se encuentren por encima y por debajo de lo que queremos datar en la columna estratigráfica. Otro método es a través de los fósiles, especialmente los fósiles guía, los cuales nos marcan un paréntesis temporal muy determinado (además de proveer de otra información). Por último están los métodos de datación isotópica, ampliamente utilizados y los más precisos si se realiza un buen muestreo y se sabe exactamente qué minerales pueden ser datados y qué se data.

Pero el asunto se complica cuando queremos saber la edad de las formaciones que se encuentran en otros cuerpos del sistema solar, simplemente porque no tenemos la capacidad de hacer un trabajo de campo al uso, no podemos recoger rocas fácilmente y llevarlas al laboratorio para diseccionarlas con detalle.

Todo esto no quiere decir que no podamos determinar una edad aproximada sobre formaciones en Marte o en Mercurio, por ejemplo. Por supuesto estas tendrán un amplio margen de error, que debemos asumir, pero empleando un poco la lógica podremos determinar una secuencia cronológica y a partir de la misma determinar los aspectos geológicos más importantes en ese cuerpo.

La clave en este problema está en los cuerpos que ya no están.

Si nos fijamos en las imágenes que tenemos de los grandes cuerpos sólidos del sistema solar podemos observar con claridad que en su superficie se encuentran cráteres producidos por el impacto de meteoritos que atravesaron su atmósfera (en el caso de aquellos que tengan una) y se estrellaron sobre su superficie.

En la Tierra esto también se ha producido, aunque la geología activa ha ido erosionando y eliminando la mayor parte de ellos, dejando solo pistas vagas de los más antiguos y haciendo reconocibles los impactos ocurridos en los últimos pocos millones a miles de años.

Al comienzo de la formación del sistema solar la cantidad de meteoroides,

Fuente: Tanaka y Hartmann, 2012

asteroides y cometas era mayor a la que existe actualmente. En esa época los impactos eran mucho más frecuentes que hoy en día y estos fueron descendiendo en el tiempo a medida que el ajuste de los planetas (sobre todo los gigantes que orbitan en la parte exterior del sistema) estabilizó un poco la situación, poniendo cierto orden.

Esto provocó que los cuerpos situados en la parte más cercana al Sol, esto son los cuatro planetas interiores y la Luna, sufrieran el bombardeo de estos cuerpos.

Ya en la década de 1960 se planteó la posibilidad de que en la Luna, de la que se empezaba a obtener información detallada de su superficie, gracias a los avances para el desarrollo de las misiones Apolo, los cráteres de impacto sirvieran para caracterizar formaciones más antiguas o más modernas según su densidad y tamaño.

Esto es sencillo de entender. Cuantos más impactos tiene una formación o unidad más antigua debe de ser, mientras que zonas con menor cantidad de impactos implicaría una edad más reciente. Además, se debe tener otro factor en cuenta que es el tamaño de los cráteres, puesto que los cuerpos más grandes impactaron en etapas más lejanas en el tiempo y los diámetros de los cráteres se irían reduciendo progresivamente.

Por otra parte, cuando las seis tripulaciones de las misiones Apolo que se posaron en la Luna regresaron a la Tierra trajeron muestras de roca y estas pudieron datarse. El cruce de datos entre densidad de impactos y las dataciones realizadas en diferentes unidades lunares estudiadas permitieron demostrar que esta teoría era cierta. Por lo tanto, se obtenía un método fiable para realizar dataciones aproximadas para cuerpos sólidos en el sistema solar.

La obtención de esta metodología es fundamental para la geología planetaria, para entender la evolución de planetas, satélites y planetas enanos, y para comprender los procesos geológicos que ocurrieron y ocurren en sus superficies.

De esta manera se ha podido determinar una evolución geológica básica de la Luna, Marte y Mercurio, los cuerpos más cercanos y de los que mejor y fácilmente se puede estudiar su superficie.

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