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La aparición de la Luna

La Luna ha sido una fiel compañera para la Tierra. Por edad podría ser incluso una protegida por nuestro planeta al que nunca le ha dado la espalda y siempre le ha mostrado la misma cara. Brillante en el cielo nocturno o como un fantasma en algunas mañanas y tardes, siempre ha fascinado al hombre esa gran roca flotando en el cielo, a una caprichosa distancia de casi un segundo luz.

La Luna no es el satélite más grande del sistema solar, siendo superada por alguno de los caprichosos satélites que giran alrededor de los gigantes gaseosos, pero sí el más grande en relación al planeta alrededor al cual gira una y otra vez, siendo una rareza en nuestro vecindario donde es el único satélite esférico de los planetas rocosos, ya que Deimos y Fobos, los compañeros de Marte, son irregulares.

Por estas pequeñas cosas la Luna es especial, pero para que se produjera tuvo que suceder un cataclismo descomunal.

Hace unos 4.500 millones de años estamos en un estado muy primitivo del sistema solar. El Sol es una joven estrella que ha prendido su llama pocos millones de años antes y los planetas interiores ven como su superficie sufre impacto tras impacto de planetésimos que hacen aumentar progresivamente su masa. La Tierra rota alrededor del Sol y es completamente diferente a la que conocemos en la actualidad. Su superficie estaba en incandescencia y en su interior el material se ordenaba en capas para dar lugar al núcleo y el manto.

Según la teoría más aceptada, no muy lejos de la primitiva Tierra también se formaba otro planeta orbitando alrededor del Sol en el mismo plano de orbita, pero en un punto L4 o L5, dos de los puntos de Lagrange donde es posible la existencia de un cuerpo de menor masa en un sistema de dos masas mayores (el Sol y la prototierra). El planetesimo formado en este punto se conoce como Theia y se estima que su volumen y masa serían similares a las del actual Marte (algo más pequeño que la Tierra y mayor que la Luna) y que también crecía en masa por acreción de planetesimos. En un momento determinado llegó a un punto en el que fue lo suficientemente grande en masa y gravedad para escapar del punto de Lagrange y progresivamente acercarse hasta la Tierra.

El choque entre estas inmensas canicas estelares provocó que la Tierra viera desgajada una parte de su masa, que escapó del planeta y empezó a orbitar alrededor del cuerpo mayor. Theia dejó de existir y nació la hermandad Tierra-Luna.

Hay algunos que consideran que ambos cuerpos estelares no forman un planeta y un satélite si no un planeta binario girando alrededor del Sol. Tal vez no les falte algo de razón, pero de momento la Tierra seguirá siendo la hermana mayor y a su verá continuará la Luna.

El satélite que aparece por la noche, brillante, con su tez como el carbón en muchas zonas y otras más limpias por los “mare” de basalto y andesita de su superficie. Su coexistencia con este planeta es rara, extraña para un universo enorme y organizado, donde las rarezas resaltan y plantean dudas. Tal vez la rareza que forma la Luna por ser como es y por estar donde está esté demasiado relacionada con la vida, al menos con la vida compleja que conocemos en nuestro planeta.

Evolución de la Luna

En esta noticia se enlaza a un video de la NASA donde se explica graficamente la evolución que ha sufrido la Luna hasta obtener su configuración actual. Espero que os guste.

http://www.huffingtonpost.com/2012/03/15/moon-evolution-history-video-nasa_n_1347087.html?ref=science

Erosión solar

Cuando hablamos de erosión lo primero que se nos viene a la cabeza son los efectos que causan el agua y el viento, en sus diferentes versiones, sobre las rocas, siendo parte de los factores de la evolución geológica de nuestro planeta. Pero cuando elevamos la escala de este proceso evolutivo, y nos dirigimos a otros astros rocosos, entran en juego otras formulas erosivas.

Con solo mirar hacia el cielo cualquier luminosa noche, podemos observar nuestra Luna, un satélite basáltico cuya evolución geológica parece muerta desde hace unos cuantos millones de años, pero cuya erosión continua activa. No, no es que se haya descubierto grandes ríos procedentes de alguno de sus cráteres, ni tampoco violentas tormentas que levanten su polvorienta superficie.

Para comprender la erosión que se produce en su superficie debemos desplazarnos ciento cincuenta millones de kilómetros, directamente a nuestro Sol. Desde el astro rey se producen una serie de tormentas solares que eyectan una intensa ráfaga de viento solar, compuesto por corrientes de gas conductor, denominado plasma, en forma de nubes con toneladas de este gas y de un tamaño que puede llegar a ser como nuestro planeta. Estas nubes se desplazan a miles de millones de kilómetros por hora hasta impactar con aquello que se ponga por el medio.

A la Tierra no la afectan directamente, debido a que el campo magnético nos protege y se quedan en espectaculares auroras. Pero cuando estas masas chocan contra la Luna o Marte, que no poseen un campo magnético global, ven como su superficie es impactada y es arrastrada una gran cantidad de material e incluso la causa de la pérdida de su atmosfera, como es el caso de Marte, donde, salvo zonas puntuales, no posee un campo magnético global que  lo proteja. Pero tranquilos, las huellas de los astronautas de las misiones Apolo aún no se borraran. Para eso se necesitaran muchos más años. Muchos más millones de años.