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La guerra del brontosaurio

Hace unos años conseguí convencer a mi madre para que comenzáramos una colección por fascículos, de esas típicas que salen a mediados de año en España en el que de repente te puede interesar tener una casa de muñecas completa, saber sobre cada uno de los vehículos que participaron en la segunda guerra mundial o acabar haciendo punto de cruz de manera compulsiva.

Marsh y CopeLa colección que pedí era DINOSAURIOS, una serie de fascículos que empezaron siendo 52, uno por semana, y acabó siendo un monstruo de 104 fascículos. En aquella época acudía religiosamente al kiosco a comprarlo y cuando llegaba a casa no me levantaba hasta que me lo había acabado de leer. Dinosaurios, ambientes, curiosidades, imágenes en tres dimensiones (con unas gafas que eran un tiranosaurio)  y al final unos comics sobre historias de dinosaurios o relacionadas con ellos.

Una de esas historias, dividida en dos entregas, trataba sobre una disputa entre dos paleontólogos pioneros en el estudio de los dinosaurios. Aquella pelea se convirtió en guerra, en la guerra de los huesos.

Estamos en la segunda mitad del siglo XIX. Los territorios del oeste de EEUU aún son caldo de disputa entre el ejército del joven país y las tribus originarias. El oro se ha introducido como una fiebre en las venas de muchos hombres y en las neuronas de otros tantos, que no dudan en recorrer de este a oeste el país, mediante las primeras líneas de tren o cargando todo aquello que poseen en carromatos.

Es en esta época cuando dos jóvenes paleontólogos regresan de Berlín, donde se habían hecho amigos. Todo eran risas y trabajo en conjunto, pero pronto sus vidas dieron un vuelco y se convirtieron en enemigos irreconciliables.

Marsh y Cope. Cope y Marsh. Dos apellidos unidos por los dinosaurios, separados por sus fuertes personalidades muy opuestas, comienzan una rocambolesca pelea por descubrir más y más, con equipos formados para acudir allí donde las noticias proclamaban el descubrimiento de unos huesos.

Es en la década de 1870 cuando comienzan las excavaciones en múltiples puntos de los EEUU. Los equipos de ambos paleontólogos envían cientos de huesos a sus respectivos patrones, que no tardan en estudiarlos y describirlos, para proclamar en poco tiempo una nueva especie o el descubrimiento de algo impactante.

Marsh, más metódico y concienzudo, es el que realiza las mejoresPlesiosaurio descripciones y menores errores que su antagonista Cope, quien llega a colocar el cráneo de un plesiosaurio en el extremo de la cola. El error, descubierto por Marsh, solo aumenta el odio ya existente entre ambos, espoleando a Cope para tratar de ir un paso por delante.

El avance del ferrocarril lleva a trabajadores a descubrir huesos en afloramientos cercanos a las vías. Con las noticias publicadas en los periódicos sobre la disputa entre ambos científicos, estos hombres saben a quién acudir y pedir una compensación económica por su descubrimiento, antes de que los hombre de Cope o de Marsh lleguen al lugar. A veces se encontraban allí y las piedras volaban de un lado a otro.

La historia de su batalla fue poco a poco apagándose por la prensa del mismo modo en que lo hacían las fortunas económicas de ambos. Cope lo sufrió mucho más rápidamente que su compañero debido a que trató de comprar todas las copias existentes de las publicaciones donde se encontraba el error del plesiosaurio, y Marsh tardó más, pero finalmente tuvo que vender su colección de fósiles para subsistir, aunque ambos pudieron repuntar al final de sus vidas.

DinoEn esta guerra se pudo proclamar a Marsh ganador, ya que fue capaz de descubrir más especie nuevas que su rival, pero para la historia quedó su mayor error y que da título a este artículo. El brontosaurio es un dinosaurio que no existe aunque desde pequeños, sobre todo aquellos que veíamos los Picapiedra, pensásemos que sí. El brontosaurio es en realidad un Apatosaurio bebe, que Marsh describió erróneamente y que Cope descubrió. Donde las dan las toman, debió de pensar.

Los homos

El aspecto que hace que el hombre sea hombre son  sus herramientas. La creación de estos elementos artificiales, producto de un intelecto desarrollado, son el rasgo definitivo y que, por primera vez, separa un linaje de género de otro diferente sin tener en cuenta características biológicas clave.

La aparición del género homo no solo supuso una serie de nuevas especies en el planeta, sino la aparición de una especie, la última en la cadena, capaz de adaptarse a cualquier situación no por su biología sino por su inteligencia.

El primero en esta familia fue el homo rudolfensis, en África, el que dio la raíz al árbol genealógico que continúa con el homo habilis en el tronco, una especie con plenas capacidades para fabricar herramientas líticas, y el homo erectus, coexistiendo durante 500.000 años.

El homo erectus o ergaster, para la especie encontrada en Europa, fue la primera en dominar el fuego y la que comenzó con el carácter exploratorio que orbita alrededor de los homos. No solo África los vio caminar por sus tierras. Europa fue un punto por el que vivió; y Asia, donde se expansionó de tal manera que llegó hasta las islas del Índico donde se establece la actual Indonesia.

Del homo erectus se ramifica el árbol en tres ramas. La más corta la supone el homo floresiensis u hombre de Flores, una isla indonesia donde vivió esta especie de homo de talla pequeña, y que en ocasiones ha sido bautizada como hobbit, los personajes de la Tierra Media de Tolkien.

AtapuercaPosiblemente una especie intermedia en la segunda rama fue anterior al homo Antecesor en Europa y que vivió en la península Ibérica, en la Sierra de Atapuerca (Burgos, España), al igual que lo hizo el siguiente en la rama, el homo Heiderbergensis, del cual existe un registro fósil más amplio.

La tercera rama nace de nuevo en África. De esta rama aparece nuestra especie, el homo sapiens, con los abuelos homo Rhoderrensis.

Entre todas estas generaciones falta solo una especie de todo el árbol y que es la punta final de una de las ramas. Esta especie probablemente apareció en Alemania o al menos en el centro de Europa evolucionando de los Heiderbergensis. Se trata de los Neandertales.

Fueron una especie inteligente, aunque su apariencia pudiese parecer la de unNeandertal hombre con solo músculos y poco cerebro, mirando plácidamente un hueso en sus manos, está fuera de la imagen real. La idea de primitivismo es contraria a la realidad estudiada por los paleontólogos. Si bien su morfología era diferente a la nuestra, siendo de talla más baja, aunque de mayor corpulencia, y posiblemente con la piel blanca, todo ello adaptado a las condiciones glaciares que avanzaban por esta región del planeta, su idea de comunidad era generalizada, con sentimientos que se demuestran con los rasgos encontrados en fósiles donde huesos estaban soldados o individuos de edad avanzada que habían sido cuidados hasta sus últimos días.

Nosotros nos desarrollamos en África. Con la piel negra y con poco pelo cubriendo el cuerpo, estos hombre y mujeres debieron ser altos en comparación con los Neandertales aunque mucho más delgados, adaptados a un entorno caluroso en el este del continente. De nuevo las dos piernas que le permitían su locomoción eran sus aliados para recorrer grandes distancias y, como ya hizo el homo erectus, su disposición a la exploración fue más que patente, posiblemente envalentonados por sus herramientas y armas que les permitían defenderse de animales depredadores y que les permitían ser cazadores sin garras.

Su incursión en Europa y Asia fue hace 100.000 años, coincidiendo con los Neandertales durante 30.000 años. Todo parece indicar que hubo una convivencia pacífica entre dos especies diferentes, pero similares. Imaginar el momento en el que un grupo de sapiens se encuentra con uno de neandertales debió de suponer un encontronazo extraño muy similar al del hombre de raza negra al ver por primera vez a un blanco o los nativos americanos con los primeros españoles colonizadores.

Sin duda ambos grupos poseían una cultura propia. Es posible que entre ambas especies hubiera un intercambio de conocimientos cuya transmisión no debió de ser sencilla, pero que tuvo que ser eficiente de alguna manera.

Pero los Neandertales se extinguieron. ¿El sapiens tiene la culpa? Puede que sí, puede que no. La extinción de nuestros hermanos se produjo al mismo tiempo que especies como el mamut lanudo desaparecían definitivamente, animales adaptados a unas condiciones que iban desapareciendo y a las que el Neandertal no pudo sobrevivir. El sapiens pudo influir en la ocupación de determinados nichos que solo ocupaban el Neandertal hasta su llegada. Tal vez nunca lo sepamos la verdad.

Migración humanaEl homo sapiens sobrevivió y se expandió por el planeta. Tras Europa y Asia les siguió las islas del Índico hasta llegar a Australia. América fue la siguiente etapa, pero no llegaron por mar sino por tierra gracias a los últimos coletazos de la glaciación y que permitían la formación de un puente de hielo en el estrecho de Bering, que actualmente separa el este de Rusia con Alaska, que al fundirse dejó separado del resto esta parte de tierra emergida. Los hombres poblaron esta tierra hasta llegar al punto sur de Sudamérica, poblando el extremo meridional de Chile hace 11.000 años.

Los últimos lugares en ser poblados fueron los aventureros polinesios, llegando a las diferentes islas del Pacífico hace unos pocos milenios.

Finalmente el homo sapiens se encontró en todo el planeta. En unos pocos cientos de años pasó de estar solo en África a que siempre un humano contemplara la luz del día, siendo la primera especie en hacerlo en toda la historia del planeta.

Mucho ocurrió hasta este punto. Millones de generaciones, millones de especies, transformaciones inverosímiles que a veces funcionaban, catástrofes, terremotos, impactos de cuerpos extraterrestres, todo permitió que nos encontremos hoy aquí. Somos un pequeño grano de arena en la evolución. ¿Nos extinguiremos? Posiblemente, y otras especies nos sustituirán. Lo queramos o no, el planeta evoluciona y con él las especies que lo habitan. Es así de simple.