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Planificar un terreno

Llega el momento en el que preparas tu mochila y la cargas de todo lo necesario. Repasas una lista (ya sea mental o escrita) de todo lo que vas a necesitar y en cuanto cierras la última cremallera sientes un escalofrío por todo tu cuerpo. El día en el que vas a salir a trabajar al campo ha llegado.

Pero hasta alcanzar ese día existe mucha preparación. Para aquellos que pasamos por la universidad y pasamos por las prácticas de campo, conocemos esa sensación que supone el cierre de la mochila para al día siguiente trasladarse al lugar que patearemos para entender algún aspecto geológico. Lo que no nos cuentan, o no queremos saber, es todo lo que pasa antes de llegar a ese momento.

Ya he contado otras veces que los trabajos en terreno son, en la mayor parte de las ocasiones, la base fundamental del trabajo de un geólogo y el trabajo posterior en los siguientes meses e incluso años.

Para poner un poco de luz en todo esto, y ahora que he estado preparando mi siguiente salida, es fundamental entender el encaje de piezas que hay que hacer para que todo salga de la forma más satisfactoria.

Antes de que toda la maquinaria se ponga en marcha hay que conocer dos cosas primordiales. La primera puede denominarse como la parte de ilusión del proyecto que es el objetivo que esa salida a terreno tiene. La imaginación vuela pensando en lo que se quiere lograr a partir de todo lo que se obtenga durante y después de ir al campo. La segunda, la que denominaremos como la bofetada de la realidad, es el presupuesto, que nos hace ver que no podemos llevar un sondista, un todoterreno de última generación y que nos alojaremos en un hotel cinco estrellas a cien metros del afloramiento.

Con esta perspectiva es como debe encajarse todo lo que vendrá posteriormente.

Lo ideal es que se comience la planificación de la salida con meses de antelación. Lo primero de todo es saber lo que nos vamos a encontrar allí consultando toda la bibliografía que podamos sobre el objetivo que vamos a tratar. Por supuesto, esperamos que lo que vamos a estudiar no lo haya estudiado nadie antes o que al menos lo que vamos a hacer sea una contribución que permita avanzar en el conocimiento del área o de algún aspecto en particular.

Con todo esto definido y el presupuesto aceptado (siempre hay que esperar algún recorte), queda preparar el equipo humano con el que se va a trabajar. Es posible que la situación solo requiera la participación de un equipo humano de una misma área, departamento o cualquier otra división. Esto simplifica bastante el asunto. Pero en cuanto entran varios grupos entonces hay que emplear un tono conciliador, negociador y hasta político (pero sin la parte de mentir ni la de los sobornos). Es necesario presentar con claridad el proyecto y escuchar (mucho), porque surgirán ideas, propuestas, objeciones y entonces el que este dirigiendo todo acabará por volverse loco. Los psicólogos prácticamente viven por las sesiones con esta gente.

Por supuesto los objetivos evolucionarán para contentar a todos, pero nuestra idea central continuará ahí, tal vez algo más empequeñecida, pero siendo el alma de todo.

Alcanzado este punto nos llega el aspecto logístico de todo. Esto puede llevar al traste todo el trabajo anterior en tan solo un pestañeo y casi siempre depende más de terceros que de nosotros mismos.

Lo fundamental es donde acabaremos durmiendo durante los días que dure esa campaña. Este no es un aspecto menor, porque si vamos a estar durante varios días (incluso semanas) trabajando de seguido, que cuando llegue la noche acabemos recostados en un colchón con sus sábanas y manta o hacerlo metidos en una tienda de campaña con una piedra clavándose en la espalda bajo la esterilla, existe una gran diferencia. El tener uno u otro escenario no siempre lo marca la posibilidad económica sino el propio lugar donde vamos a realizar nuestro estudio. En España resulta impensable realizar acampada libre (que además es ilegal), porque se puede acceder a cualquier lugar con facilidad, pero cuando se trabaja en la cordillera de los Andes, donde la población más cercana puede estar a más de dos horas en vehículo, puede marcar la diferencia poder hacer un campamento.

Todo esto condiciona la comida. Aunque el bocadillo será el aliado fiel cuando el león que habita en el estómago empiece a rugir, desayuno y cena serán las comidas fundamentales (yo me he llegado a comer tres platos de espaguetis para cenar y sin inmutarme), por lo que es necesario cubrir esto con fuertes índices de calorías.

Con la cama y la comida queda definir el transporte. Ahora hay caminos para todos lados y las camionetas 4×4 son aliados del geólogo para atravesar el terreno a mayor velocidad. Lejos parece quedar cuando se iba a todos los lados a pata o incluso a caballo. Lo cierto es que no es una media verdad. Los caballos a veces siguen siendo necesarios en áreas muy recónditas (con lo que esto supone para mantener a los sufridos animales) y las botas son una herramienta más en el trabajo para recorrer el terreno sin sufrir las temibles ampollas, junto con la ropa adecuada, otro de esos materiales que tienen que encajar dentro de todo el puzle.

Bien cubiertas a las personas ahora tenemos que pensar en el trabajo. Además de los conocidos martillo y brújula, que podrían servir como personajes de dibujos animados, se necesitan materiales adaptados a los objetivos. Los petrólogos llevaran sus bolsas para muestras (bueno, casi todos), los hidrogeólogos sus botes para llevar el agua, los geofísicos las marañas de cables y sus aparatos para medir, los cartógrafos sus lapiceros de colores…

Ya tenemos al personal contento, con su colchón, su estómago reabastecido de manera puntual, un modo de desplazarlos, con ropa y materiales de trabajo, pero queda algo terrible, truculento, capaz de hacer saltar las lágrimas de desesperación hasta a la mismísima Montaña de Juego de Tronos. Pronunciar estas palabras puede llevar a los pocos preparados administradores de los terrenos a jurar en arameo y moverse rítmicamente en una silla hablando con un idioma inteligible. Se trata de “los trámites administrativos”. En cada país, en cada circunstancia de estudio, incluso en donde trabajemos, tener el papel oportuno y con todo en regla será indispensable para recibir la última firma que nos autorice coger esa mochila y ponernos a estudiar el terreno.

Por todo esto y por cada cosa en particular, ese escalofrió que recorre el cuerpo tras cerrar la última cremallera no es solo satisfacción sino también descanso al unir todas las piezas, a veces recortando un poco el borde, pero quedando bonito.

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Una cuestión de escalas

Cuando le pides a alguien que se ponga para una fotografía, normalmente lo hace muy ilusionado, queriendo ser parte de la imagen que quedará para la posteridad de un acontecimiento, un lugar o solo por decir “yo estuve allí”. Pero cuando te lo pide un geólogo tienes unas altas probabilidades de que la petición sea para convertirte en escala.

Las escalas en una fotografía geológica son bastante importantes, incluso en aquellas que se sacan desde un microscopio, porque facilita a las personas que las miran obtener una perspectiva del tamaño de lo que están mirando. Pero mi crítica es que en muchas ocasiones se utilizan escalas que no todo el común de los mortales puede entender. Si no, no tendría sentido escribir sobre ello.

Hay tres tipos de fotografías que se pueden realizar en terreno que se pueden separar en macro, media y general. La macro trata de escenificar aspectos particulares de un yacimiento o de una roca, como puede ser un mineral, una roca o una estructura. La media es algo más ampliada que la macro y tiende a ser una referencia para ver contactos, definir texturas o fracturaciones. La general es la más amplia, donde se puede representar un yacimiento completo o una serie de estructuras a mediana escala.

El problema es que en muchas ocasiones se utilizan escalas que no sirven de buena referencia para todo el mundo.

Lo que he indicado al principio de este artículo puede que sea el primero de los errores y probablemente el más perdonable de todos. Que una persona se coloqué junto a un yacimiento para servir como referencia es lo más normal del mundo. Pero no todos somos iguales en altura o en tamaño, una referencia que para mí, personalmente, es un problema, ya que no soy capaz de averiguar tallas sin más. Pero eso es un problema aparte.

Mi estatura se podría calificar como normal (1,71 m), pero tengo compañeros y compañeras por debajo y por encima de esta estatura. Si bien, un hombre actualmente tiende a tener unos 1,74 m de altura de promedio, esta altura no siempre ha sido la misma a lo largo de la historia y actualmente estamos alcanzando las cotas más altas. Por lo tanto sería conveniente indicar el tamaño de la persona en la escala, a modo de referencia.

Otros apéndices humanos utilizados en fotografía son las manos, que como la estatura, son muy diversas. Todos recordamos los dedos regordetes de algunos compañeros o los de otros alargados, parecidos a palos atados a un muñón.

En cuanto a los planos medios, la herramienta más utilizada es sin duda el martillo. El monopolio de Estwing (alguien debería mirar esto) hace que todos los que nos dedicamos a esto sepamos exactamente como es un martillo y sus dimensiones, por lo que no suelen existir problemas en este sentido.

Cuando alcanzamos las fotografías macro entonces llegamos a una cuota de escalas cuyo límite solo puede ser la imaginación de las personas que vayan a hacer la fotografía y lo que tengan a mano.

Como escala se han utilizado bolígrafos, lapiceros (tanto mordisqueados como no), gomas de borrar, tapas de cámaras fotográficas, dedos y por supuesto monedas. Creo que no hay moneda en el mundo que no haya sido utilizada en una fotografía geológica. Desde las pesetas (perdidas por cajones y abrigos viejos), pasando por todas las gamas de Euros o los diferentes centavos de dólar (u otra moneda).

La variedad de diámetros y dimensiones que pueden tener es tan amplia que prácticamente se podría representar cada tamaño desde unos pocos milímetros a varios centímetros. Además la localidad es un factor importante en estas escalas. Un chileno utilizará normalmente la moneda de 100 pesos nueva (de igual tamaño al euro), mientras que un español podría utilizar una moneda de cinco céntimos para definir el diámetro de minerales. Para cada cual sería sencillo meter su mano en el bolsillo y ver el tamaño, pero cuando no se está familiarizado con los tamaños se pierde la perspectiva o se debe hacer una búsqueda por internet.

La solución es sencilla. En las fotografías que representen amplios planos tan solo sería necesario decir cuánto mide la persona colocada como escala (sin mentir mucho). Para las de medio podría servir el martillo, dada su casi total utilización del mismo modelo a lo largo de todo el mundo, pudiéndose utilizar una segunda opción que también valdría para las fotografías más cercanas.

Las tarjetas escalas son algo muy útil y que evita todos estos posibles problemas. Son como una tarjeta de crédito y ocupan incluso menos. Caben en el bolsillo o en la libreta y la capacidad para llevar información es grande, no solo unas escalas en centímetros y pulgadas, sino también granulometría, clasificaciones petrológicas, etc.

Fuente imágenes:

http://luirig.altervista.org/pics/index4.php?search=Isoclinally+folded+quartzite.+Maria+Mountains.+Coin+for+scale…&page=1

http://imgur.com/dqUXlVn

Las notas de campo

“La ciencia avanza una barbaridad” es lo que las viejecitas dicen siempre que algo novedoso cambia el mundo en el que viven por completo, dejándoles un regusto extraño de que ya su entorno no se parece nada al de antes y que están condenadas a desaparecer. En la geología, como ciencia que es, los avances también son una barbaridad.

Nuevas formas de datación, nuevos métodos isotópicos, fórmulas para determinar paragénesis minerales, técnicas de microscopía. Muchos y variados han sido los métodos que se han ido incorporando al estudio de la geología, pero por muchas novedades que haya, las notas de campo siguen siendo el cimiento sobre el que construir nuestros estudios.

Ya he hablado de las herramientas de terreno en otra entrada, pero para el tema de las notas de terreno es fundamental algunos aspectos a tener en cuenta.

El primero es elegir el soporte. Como la ciencia avanza, el modo en el que recogeremos nuestras notas también lo hace. A mi llamadme tradicional, pero sigo prefiriendo una libreta. Con el tiempo he ido evolucionando y he pasado de los cuadernos de folio completo de mis años de estudiante, con cuadrícula y todo, a agendas pequeñas, que caben en el bolsillo del pantalón o del chaleco de geólogo, y que me resulte cómoda de llevar, y con hoja lisa, sin líneas, ya lo entenderéis. En cuanto al modelo me gusta Moleskine por su calidad, pero no hago ascos a otras marcas que me ofrezcan lo mínimo que pido.

Otros dirán que para algo están las tablets (o tabletas, aunque esto me sigue sonando a chocolate) o los teléfonos móviles (o celulares). Si la batería aguanta y hacéis un respaldo de la información estoy conforme. Tenéis que tener en cuenta que lo que llevéis para hacer los apuntes debe ir con vosotros hasta la punta del cerro o a afloramientos difíciles de llegar, sin que os estorbe ni moleste.

En cuanto a escribir, esto solo para el formato papel, prefiero una lapicera, portaminas, lápiz o lápiz grafito (sí, así se puede llamar a la misma cosa). Por qué, sencillo. Se puede borrar y yo, que soy de cometer muchos errores, me permite al instante corregirlos sin dejar una página emborronada con tachones de tinta. Además, el grafito no necesita secarse, y con libretas con hojas gruesas la tinta tarda en secarse y se puede correr.

Lo segundo es el contenido, lo más importante. No es necesario ser un Cervantes, un Marcel Proust, Ayala o García Márquez para describir lo que se está viendo. Al menos debemos ser conscientes de que lo que escribamos lo entendamos nosotros, para eso son nuestras notas personales.

En un post parecido a este, me parece que hace la mejor forma de afrontar este reto: pensar que quien va a leer nuestras notas es una persona ciega. Yo utilizaba el “explicárselo a mi abuela”, pero todo vale. Colores, formas, texturas, tamaños e incluso sabor (lo que nos gusta lamer rocas) es necesario ser recogido en nuestras anotaciones. Minerales, relaciones entre ellos, contactos. Un sinfín de datos que deben ser acordes a nuestros objetivos, aunque aquí más no es menos.

Otra de las cosas que debemos tener cuidado es localizar exactamente el lugar que estamos estudiando. Ahora cualquiera tiene un GPS en el bolsillo con su teléfono, así que no se tiene perdón con esto. Si no, gastarnos un poco de dinero en un GPS tampoco está mal. Pero siempre quedará bien tener un buen mapa y una buena orientación para saber el punto exacto en el que nos encontramos. Esto es necesario si se necesita volver o para hacer interpretaciones. Tener indicaciones de carreteras o localidades cercanas también es aconsejable.

Las imágenes son algo fundamental. Los avances han permitido que podamos sacar fotografías casi hasta con el reloj (todo se andará), pero una de las dificultades de la fotografía geológica es su interpretación. Aquellas fotos en las que se ve un pliegue perfecto, una secuencia estratigráfica o una falla son espectaculares, muy vistosas, pero escasas. Lo habitual es que veamos una foto geológica y no entendamos nada salvo que nos expliquen lo que hay con un subtítulo o un esquema. Lo mismo ocurre con las fotografías de terreno, donde una descripción es válida, pero un dibujo donde se pongan puntos de referencia y se dibujen las estructuras es ideal. No importa el tiempo que nos lleve ni la capacidad de dibujo que tengamos, cuando esto nos ayude al repasarlas cuando nos hayamos olvidado de lo que quisimos plasmar.

Luego están los colores. Personalmente me gusta pintar los dibujos, pero también marcar fechas, coordenadas, fotografías o muestras, sobre todo al volver a revisar los apuntes. Y una última recomendación, repasar los apuntes en cuanto se pueda. Si es al final del día, mejor, por muy cansados que estemos. Podemos hacer una visión del día, hacer una interpretación y completar con algún aspecto que se nos haya olvidado apuntar. Es nuestro trabajo y cuando mejor este, mejor será lo que acabemos haciendo.

Historia de un rescate

Nota: Esta entrada no va a hablar directamente de geología, pero está relacionada con la geología, así que si no queréis seguir leyendo no os culparé por ello. Lo que quiero hacer es dedicarla a mi familia y a mis amigos, y a todos aquellos que me ayudaron en ese día sin conocerme y de los que recuerdo sus caras, pero no de sus nombres. Y a los que nos ayudaron y no vi, también.

La vida está llena de riesgos y por todos los medios tratamos de que no se nos crucen en nuestro camino. Pero inevitablemente se producen accidentes. Por muchas medidas que se pongan las estadísticas son lo que son y a alguien le tiene que tocar la parte mala de la vida.

Voy a hablar de algo que me paso hace un año. He tratado de escribirlo muchas veces. Los que me conocen me decían que de esto podría sacar algún buen relato de los que me gusta escribir. Hoy creo que ha llegado el momento de compartirlo con todos.

Era 15 de mayo. Otra mañana más en San Pedro de Atacama (Chile) y el penúltimo día de campaña en los salares de la zona. Solo dos días más de trabajo y al siguiente regreso a casa después de casi dos semanas sin parar. Como cada uno de esos días, nos levantamos con algo de frio en la cabaña. Café caliente, cereales y preparar la comida para el largo día. Todas las cosas en la mochila y pronto a la camioneta: el conductor, una hidrogeóloga y yo.

De camino al pueblo mandé un mensaje a mi novia, un ritual diario (Hoy vamos a Aguas calientes sur. Tq Bss.) y cargamos el depósito de combustible hasta arriba. Con el sol despuntando en la mañana partimos a nuestro destino hacia el sur.

Atravesamos Toconao, una población enclavada en el borde del Salar de Atacama, y Socaire, el último sitio habitado antes de que el asfalto de la carretera se acabara y comenzara el camino de vichufita, una mezcla de sales que al juntarse con agua crea una superficie firme, parecida al asfalto e ideal para sitios áridos como el desierto. De ahí a nuestro destino 60 Km en ascensión, de los 2.300 a los 4.000 metros del altiplano andino.

La jornada transcurrió como otro día más. Mi compañera tomando muestras de aguas, de las lagunas y afluentes que llegaban al salar, y yo paseando por la costra, recogiendo muestras de las sales, haciendo observaciones y viendo las habituales vicuñas que pueblan la zona, unos animales emparentados con las llamas y muy asustadizos. Algún flamenco despistado también nos alegró con su presencia.

A eso de las cinco de la tarde la luz ya empezaba a decaer y nos decía que era hora de volver a casa. Una senda continuaba por el borde sur del salar y decidimos seguirla en lugar de volver por donde habíamos venido. En ese momento cometimos nuestro primer error.

La senda se internaba en la costra y decidimos seguir, pero pronto el coche se hundió en una zona de rocas. Cuando tratamos de dar marcha atrás las ruedas se hundieron más todavía. Al salir, el fango del subsuelo cubría el neumático y amenazaba con llegar a la llanta. Por más que intentamos que la camioneta saliera fue imposible.

DSCN2102Y allí estábamos, lejos de la carretera, a más de 60 Km del pueblo más cercano y a casi 40 del puesto fronterizo de Carabineros de El Laco, al este, junto a la frontera con Argentina y sin un teléfono satelital; solo tres móviles y el del conductor el único con batería cargada y cargador para el coche. En un intento algo desesperado tomé las coordenadas de donde estábamos y decidí subir a una cima cercana, unos doscientos metros sobre el nivel en el que estábamos atorrados, pero no sirvió para nada, ni tan siquiera ese botón que sale de llamada de emergencia sirvió para nada.

Al bajar la noche se hizo intensa. Me guié con la linterna y me metí en la camioneta. Mis compañeros ya estaban allí dentro, esperando, y decididos a pasar la noche allí. Yo les comenté que por la mañana había que salir a buscar ayuda, que tal vez alguien pasaría por la carretera y que podría ir a buscar a la gente que estaba trabajando en la carretera arreglándola, pero que por desgracia no sabía ubicar claramente, por lo que la ruta directa hacia la carretera, la más lógica, quedaba descartada si realmente quería ahorrar energías y reducir kilómetros de caminata. Subir no subirían, pero bajar sí.

Sinceramente me considero alguien en buena forma y la mejor idea era que fuera yo solo, que me llevara el móvil del conductor cargado y partiera por la mañana en busca de ayuda. Cenamos lo poco que nos quedaba y llegó la hora de dormir, o al menos tratar de descansar todo lo posible hasta que llegara el día siguiente.

Recuerdo que me desperté muchas veces esa noche y no por el frio sino por la incomodidad y por el dolor en las rodillas. Aunque trataba de estirarlas no había espacio para hacerlo allí dentro y sentía como se atenazaban con la incomodidad.

Cuando la claridad empezó a aparecer por las montañas del este los tresDSCN2105 nos despertamos como resortes. Era la hora. Cargué mi mochila y metí apenas un litro de agua, una manzana y unas galletas. Había calculado con el GPS que serían unos 12 Km, una travesía no muy larga, si uno lo piensa bien, pero no había tenido en cuenta varios factores. Debería ir al noroeste, atravesando campo a través hasta llegar a la carretera y a partir de allí esperar los acontecimientos.

A las siete en punto estaba listo. Mi compañera me pasó un papel del mismo modo en el que las abuelas pasan dinero a sus nietos y solo me dijo “llámalo y dile que estoy bien”. No necesitaba saber más. Lo tomé y lo metí en el bolsillo, junto a la cámara de fotos. Comenzaba la ruta, pero no sin hacer una foto al brumoso amanecer que esperaba que me diera calor, pero me estaba mintiendo a mi mismo.

Ascendí la misma loma que la noche anterior. Con la oscuridad la había calculado algo más baja, pero las rodillas que me habían estado doliendo toda la noche respondieron y pronto se calentaron para el recorrido. El GPS me marcaba con una flecha a donde ir, cuanto me quedaba por recorrer y el tiempo estimado a la llegada. Aquello me daba ánimos. Solo tres horas para llegar. Se podía hacer perfectamente.

La mañana siguió su curso, pero se hacía la remolona. Una niebla empezó a bajar y se hacía espesa y húmeda por momentos. Aquel era el primer día en el que pasaba, el primer día en el que el clima se portaba realmente mal. Habíamos pasado frio y calor y soportado rachas fortísimas de viento (en el Laco casi salgo volando), pero pocas nubes y nada de niebla. Solo ese día.

En mi cabeza cantaba. Creo que era Queen y algún grupo más, y aquello me daba alegría en mis pasos. Seguía las huellas de una rodada de vehículo antigua, tal vez esa que habíamos perdido el día anterior, pero si un vehículo podía ir por allí yo también podía.

Paré a tomar la manzana y beber algo de agua. El calor que retenía el cortaviento me ahogaba y me lo quité, dejando que me cubriera mi inseparable plumas durante todos esos días. Aquello sin duda fue un gran alivio, pero una carga más a mi espalda.

DSCN2108La clara forma de un volcán surgió después de ascender un pequeño escarpado y a un lado estaba escondido el salar de Capur. Iba por buen camino, pero la niebla bajaba más y aquello me preocupaba. Lo único bueno era que no había viento, solo pequeñas brisas que me refrescaban el rostro y no me impedía continuar, pero en una de ellas llegó algo que no me esperaba. Me golpeó la cara y noté el frio. Cuando mire mi plumas negro vi las motas blancas de la nieve. Solo fue una ráfaga, pero grité de rabia y aquello se que no hizo que se parara, pero paró y me hizo saber que tenía que continuar y llegar hasta la carretera.

Toda la vida que habíamos visto durante los días anteriores se redujo en aquella mañana a una lejana vicuña que se paró, me miró, la miré y se fue corriendo, alejándose de mí. Aquello me hizo sentirme realmente solo en medio de la nada, con el susurro del viento y la niebla cubriendo la parte alta del volcán.

Rodeé la falda de aquella mole volcánica y eso me llevó hasta el borde alto del salar de Capur. Me paré para buscar la mejor opción de bajada con precaución ya que el terreno era escarpado y en ocasiones peligroso. No voy a negar que tuve miedo, pero lo conseguí superar, y la bajada hasta el borde de la costra salina la agradecí increíblemente.

Un descanso y a continuar. Un kilómetro me separaba del otro lado y me obligué a hacerlo del tirón. Cuanto alcance el borde opuesto miré la hora (las diez) y la pantalla del GPS otra vez más (no había soltado el aparato desde que salí). Solo quedaban 5 Km (ya había recorrido 10, la caminata se había aumentado 3 Km). Apuré la primera botella de agua y respiré con fuerza.

Vamos, me dije, y comencé a ascender esa loma.

En ese momento vi el primero de mis errores al pensar en lo sencillo que podía ser aquello. No me di cuenta de la altura. Al estar a 4.000 metros la cantidad de oxígeno en el aire es muy inferior a la del nivel del mar y eso hace que cualquier actividad física suponga un esfuerzo extra para los músculos y el organismo que no puede recuperar tan fácilmente la oxigenación y por lo tanto cumplir con sus funciones normales con eficiencia.

Todo esto lo noté en los primero cincuenta metros lineales. Mis piernas flaqueaban a cada paso y paré. Cuando miré atrás casi podía tocar el borde del salar. ¿Qué había pasado?, me preguntaba. Miraba el GPS y no entendía. Solo cincuenta metros, eso estaba mal.

Lo apagué y lo volví a encender, pero estaba bien. La tecnología no me engañaba.

Continué ascendiendo, pero mis pasos eran cada vez con menos fuerza. Cada poco me paraba. Mi pecho funcionaba como un fuelle a toda marcha y mi corazón era un motor a sus máximas revoluciones. Esos descansos me venían bien. Un paso bien, el segundo genial, pero el tercero era una tortura. Miraba a la cima y esta no estaba cerca, parecía que se alejaba al mismo ritmo en el que yo me acercaba a ella y la cima del volcán, al otro lado, la que me servía de referencia, iba siendo colonizada por las nubes.

Me animaba. Tocaba de nuevo en concierto en mi cabeza Queen y daba unos cuantos pasos antes de volver a pararme. Bebía agua helada y trate de comer unas galletas. El segundo error. Aquello me resecó aún más la boca y no las volví a probar.

Necesitaba algo más y pensé en mi tío, cuando subimos al Espigüete (2.450m, Palencia) y como me decía que debía dar pasos cortos, no zancadas. En mi madre, en que en ese momento no estaba preocupada por mí, porque no sabía en lo que estaba metido. En mi novia, que sí sabía dónde estaba y estaría muy preocupada. En mis amigos, a los que tanto hacía que no veía y con quien me gustaría volver a tomarme una cerveza helada y pasarnos una noche en vela jugando a cualquier juego de mesa. En mis compañeros que se habían quedado en la camioneta. Todo eso hizo que mi cabeza llegará a un pacto con mis piernas. Cada cien metros un descanso y ambas estuvieron de acuerdo al instante.

Poco a poco la distancia a la cima se fue acercando. En cada parada tirabaDSCN2109 la mochila, me sentaba en el suelo y contemplaba lo que ya había recorrido. No podía abandonar, no después de todo lo que había recorrido. En uno de los últimos descansos me levanté y miré a un lado. Fue cuando salió mi alma de geólogo. Saqué la cámara y fotografíe un precioso pliegue que estaba junto a mí. Tal vez era el primero que lo veía, quien sabe, pero yo al menos sabría que estaba allí. Sonreí por la desfachatez, desencajado por el cansancio, pero sintiendo que aquello era lo que me gustaba. Tenía que vivir otro día para celebrarlo.

Cuando llegué a la cima creo que nunca me había alegrado tanto de ver un tendido eléctrico, eso que siempre fastidia las fotos, y unos cientos de metros más adelante la carretera.

La bajada la hice con precaución, no fuera a fastidiarla en el último momento, y mi cabeza y mis ojos solo estaban en la base de una de las torres ya que la cima del volcán había sido invadida completamente por las nubes. Al llegar allí me tiré y me apoyé en la base de hormigón. Saqué el agua y bebí. Entonces oí un ruido extrañó que se iba acercando. Me levanté como un resorte y miré hacía donde estaba la carretera. Fue cuando apareció un camión dejando una estela de humo negro.

Tomé de un asa la mochila y comencé a correr a la vez que gritaba y saltaba; moviendo mis brazos de manera desesperada, pero no me vio.

Tenía que seguir, me dije, pasa gente. Coloqué la mochila a la espalda y anduve con fluidez. Las piernas me dolían, las rodillas me dolían, el pecho me dolía, la espalda me dolía. Aquella noche iba a dormir como un bendito, estaba convencido.

Un todoterreno negro pasó a toda velocidad, pero obtuve el mismo resultado que con el camión, así que aceleré el paso.

Solo un kilómetro vi que restaba al punto de destino. Veía la carretera y las dudas asaltaban mi cabeza mientras la nieve comenzaba a caer. Si aquella camioneta era la última en bajar estaba realmente en problemas. No volví a oír nada. No pasó nadie y mis pasos eran cada vez más lentos, pero no paré.

Al fondo, al lado de la carretera, había una gran piedra. Esa fue mi siguiente referencia. Unos cientos de metros. Cien. Noventa. Setenta. Cincuenta. Apagué el GPS y tiré la mochila. Había logrado llegar allí y estaba exhausto. Miré el reloj y marcaba las doce.

Acabé con el agua y repudié las galletas que tenía en la mochila. Solo deseaba descansar cinco minutos ahora que la nieve había dejado de caer y a partir de ahí pensar en cuales iban a ser mis siguientes pasos. Pero pasó un solo minuto y oí un motor. Un camión subía por el camino. Me subí a la roca, agité mis brazos y comencé a llorar cuando el camión comenzó a frenar. Abrí la puerta del copiloto desesperado, casi como un loco.

DSCN2110Aquel conductor me subió hasta la obra de reparación (un chileno). De allí un segundo camión me bajó, con un conductor boliviano que me amenizó el camino hasta el lugar donde cargaba la bischofita (el nombre real de la vichufita), a unos cuantos kilómetros de Socaire, mientras veía como las cumbres estaban nevadas. Aquí no llueve, me dijo, nieva directamente.

Al llegar a aquel lugar había cobertura telefónica. Avise a la pareja de mi compañera, a mi novia, que lloró desconsolada, a mi jefe y a Carabineros para que empezara el rescate.

De aquel lugar me bajó un pequeño coche en el que fuimos apretados un belga, una holandesa y tres brasileñas. En Socaire coincidí con seis sorianos (y eso que son pocos) que me invitaron a comer en el único restaurante de aquel lugar y aunque me ofrecieron llevarme hasta San Pedro decidí esperar allí a mis compañeros, pero Carabineros me dijo que era probable que les llevaran al puesto fronterizo si no podían sacar el vehículo.

Pero apareció un taxi de la nada, os lo juro. Llevaba a un chaval a pegar carteles por Socaire y me llevaron a San Pedro, una carrera de 70 Km que no me quiso cobrar. “Ya has pasado suficiente hoy”, me dijo el conductor y me baje. No podía creerme nada de aquel día y lo había vivido todo realmente.

Compré una manta y me fui a tomar una cerveza. Seguro que estaba mal oliente y sucio, pero no me importaba. En el camino recibí otra llamada (creo que jamás he hablado tanto por teléfono en un día). Mis compañeros bajaban con la camioneta, me dijeron, y sonreí.

Al día siguiente regresamos a Antofagasta la camioneta que habíamos usado y dos más que habían enviado por si no podían sacar la nuestra del salar. Pasamos por Calama, una ciudad en medio del desierto y el copiloto sacó su móvil y comenzó a sacar fotos. No lo entendí hasta que vi las primeras gotas de lluvia en el cristal. Solo duró un momento, pero aquello era algo extraordinario cuando las precipitaciones en aquel punto remoto son de 1 mm cada 5 años.

Dos días después el paso fronterizo en el que nos quedamos atrapados quedó cerrado por la nieve.