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La bicicleta y el cambio climático

Ahora que Trump ha decidido que eso del cambio climático no va con él (a lo mejor tiene un primo que se lo ha explicado) y que lo del acuerdo de París para reducir las emisiones ya bueno tal, creo que es el momento de contar algo de mi vida que hago para reducir mi huella de carbono en el planeta.

Hace tres años mí novia y yo decidimos cambiarnos de piso. Fue una decisión por nuestro bien por varios aspectos. El primero porque ya no soportábamos el ruido del tráfico intenso desde las ventanas donde vivíamos. Más de una vez pensábamos que las motos y las ambulancias pasaban por delante nuestra mientras veíamos la televisión. La segunda fue porque queríamos más espacio. Estábamos en un sitio que no estaba del todo mal distribuido, pero necesitábamos algo más. Y la tercera es que buscábamos un lugar que nos permitiera llegar a nuestros trabajos rápido y cómodamente.

Durante esa primera etapa me iba caminando al trabajo. Eran solo veinte a treinta minutos en los que iba pensando en mis cosas, observando a la gente, ocurriéndome historias que luego escribía y también repasaba mentalmente muchas de las entradas que han acabado en este blog. Pero al cambiarnos ya no me venía bien ir caminando de casa al trabajo y tenía que optar por el metro.

Esto, que de por sí es una buena opción, no lo es cuando se trata de un sistema que se encuentra saturado muchas veces. El concepto de lata de sardinas se aplica plenamente en los vagones del metro de Santiago, sobre todo al lado de las puertas, que parecen ejercer un tremendo efecto magnético, cuando hay mucho más sitio en ese tren subterráneo.

Por fortuna, en el nuevo piso teníamos una bodega o trastero. Un lugar donde almacenar muchas cosas, como mochilas, rocas, material de trabajo, etc, pero también bicicletas. Solo dos días después de la mudanza estaba en San Diego, una calle muy popular en Santiago de Chile, donde se pueden encontrar muchos tipos de bicicletas, accesorios y recambios.

Esa bicicleta, por raro que parezca, fue la primera en mi vida, y me duró un mes. Me la robaron.

Pero mi empeño me llevó a comprarme una segunda solo diez días después. No iba a darme por vencido.

El decidirme por la bicicleta vino en parte por el boom que este antiquísimo sistema de transporte está teniendo en todo el mundo y por otra por las facilidades que veía para poder desplazarme desde mi casa al trabajo (y vuelta) sin sentir el miedo del aliento de los coches en mi nuca o a escasos centímetros a mí lado. Estas facilidades, en solo tres años, se han multiplicado y han hecho que mis desplazamientos sean aún más agradables y con una mayor conciencia de los conductores ante los ciclistas, aunque aún queda mucho por hacer.

La cuestión es que con la bicicleta me planteé saber varias cosas. Primero era si me valía la pena usarla en lugar del metro, llegando a la conclusión de que mi recorrido de poco más de cuatro kilómetros los hacía unos minutos más rápido de puerta de casa a puerta de la oficina que tomando el transporte público.

El segundo era saber cuánto tiempo tardaría en rentabilizar la bicicleta, que en este caso fueron dos. Teniendo en cuenta el precio del billete de metro, multiplicado por la ida y la vuelta, he acabado por pagar la bicicleta, los accesorios (luces, casco, candado, guantes, etc.) y su mantenimiento, en apenas un par de años. E incluso he llegado a ahorrar dinero. Bastante.

Pero también me planteé cuanto de mi acción era beneficioso para el medio ambiente. Medir mi propia huella de carbono. El cálculo era sencillo. Cada día iba y venía del trabajo, y después al gimnasio, también en la bici. Alguna vez me iba al mercado a comprar galletas (de vainilla) y me pegaba mis doce kilómetros pedaleando para ir y volver.

En total, a día de hoy, he recorrido 5.384 Km a lomos de mi podenco rojo y azul, y con mi casco amarillo tuneado como si fuera el de los Green Bay Packers. Esto ha supuesto que si fuera en coche habría emitido 861 Kg de CO2 a la atmósfera y si hubiera ido en metro serían 75 Kg de CO2.

Además, poco tiempo después a que iniciara mi aventura, mi novia también decidió comprarse otra bicicleta, porque donde trabaja le ponían unas condiciones aún más geniales, con bicicleteros vigilados y duchas.

Estas cifras pueden parecer pequeñas, pero la bicicleta es un medio de desplazamiento que cada día tiene más adeptos. Si vamos sumando a más y más personas que hubieran hecho como yo al mismo tiempo, con solo diez más estamos hablando de una reducción del CO2 de casi nueve toneladas, dentro de una ciudad que en invierno sufre muchas restricciones del tráfico por culpa del exceso de contaminación.

Podemos pensar que con nuestras acciones no hacemos nada, pero no es cierto. Nuestro grano de arena sirve para mejorar, aunque parezca muy poco. Si otros toman nuestro ejemplo y las ciudades deciden actuar en consecuencia, imaginaos lo que se podría llegar a conseguir.

Una cuestión de escalas

Cuando le pides a alguien que se ponga para una fotografía, normalmente lo hace muy ilusionado, queriendo ser parte de la imagen que quedará para la posteridad de un acontecimiento, un lugar o solo por decir “yo estuve allí”. Pero cuando te lo pide un geólogo tienes unas altas probabilidades de que la petición sea para convertirte en escala.

Las escalas en una fotografía geológica son bastante importantes, incluso en aquellas que se sacan desde un microscopio, porque facilita a las personas que las miran obtener una perspectiva del tamaño de lo que están mirando. Pero mi crítica es que en muchas ocasiones se utilizan escalas que no todo el común de los mortales puede entender. Si no, no tendría sentido escribir sobre ello.

Hay tres tipos de fotografías que se pueden realizar en terreno que se pueden separar en macro, media y general. La macro trata de escenificar aspectos particulares de un yacimiento o de una roca, como puede ser un mineral, una roca o una estructura. La media es algo más ampliada que la macro y tiende a ser una referencia para ver contactos, definir texturas o fracturaciones. La general es la más amplia, donde se puede representar un yacimiento completo o una serie de estructuras a mediana escala.

El problema es que en muchas ocasiones se utilizan escalas que no sirven de buena referencia para todo el mundo.

Lo que he indicado al principio de este artículo puede que sea el primero de los errores y probablemente el más perdonable de todos. Que una persona se coloqué junto a un yacimiento para servir como referencia es lo más normal del mundo. Pero no todos somos iguales en altura o en tamaño, una referencia que para mí, personalmente, es un problema, ya que no soy capaz de averiguar tallas sin más. Pero eso es un problema aparte.

Mi estatura se podría calificar como normal (1,71 m), pero tengo compañeros y compañeras por debajo y por encima de esta estatura. Si bien, un hombre actualmente tiende a tener unos 1,74 m de altura de promedio, esta altura no siempre ha sido la misma a lo largo de la historia y actualmente estamos alcanzando las cotas más altas. Por lo tanto sería conveniente indicar el tamaño de la persona en la escala, a modo de referencia.

Otros apéndices humanos utilizados en fotografía son las manos, que como la estatura, son muy diversas. Todos recordamos los dedos regordetes de algunos compañeros o los de otros alargados, parecidos a palos atados a un muñón.

En cuanto a los planos medios, la herramienta más utilizada es sin duda el martillo. El monopolio de Estwing (alguien debería mirar esto) hace que todos los que nos dedicamos a esto sepamos exactamente como es un martillo y sus dimensiones, por lo que no suelen existir problemas en este sentido.

Cuando alcanzamos las fotografías macro entonces llegamos a una cuota de escalas cuyo límite solo puede ser la imaginación de las personas que vayan a hacer la fotografía y lo que tengan a mano.

Como escala se han utilizado bolígrafos, lapiceros (tanto mordisqueados como no), gomas de borrar, tapas de cámaras fotográficas, dedos y por supuesto monedas. Creo que no hay moneda en el mundo que no haya sido utilizada en una fotografía geológica. Desde las pesetas (perdidas por cajones y abrigos viejos), pasando por todas las gamas de Euros o los diferentes centavos de dólar (u otra moneda).

La variedad de diámetros y dimensiones que pueden tener es tan amplia que prácticamente se podría representar cada tamaño desde unos pocos milímetros a varios centímetros. Además la localidad es un factor importante en estas escalas. Un chileno utilizará normalmente la moneda de 100 pesos nueva (de igual tamaño al euro), mientras que un español podría utilizar una moneda de cinco céntimos para definir el diámetro de minerales. Para cada cual sería sencillo meter su mano en el bolsillo y ver el tamaño, pero cuando no se está familiarizado con los tamaños se pierde la perspectiva o se debe hacer una búsqueda por internet.

La solución es sencilla. En las fotografías que representen amplios planos tan solo sería necesario decir cuánto mide la persona colocada como escala (sin mentir mucho). Para las de medio podría servir el martillo, dada su casi total utilización del mismo modelo a lo largo de todo el mundo, pudiéndose utilizar una segunda opción que también valdría para las fotografías más cercanas.

Las tarjetas escalas son algo muy útil y que evita todos estos posibles problemas. Son como una tarjeta de crédito y ocupan incluso menos. Caben en el bolsillo o en la libreta y la capacidad para llevar información es grande, no solo unas escalas en centímetros y pulgadas, sino también granulometría, clasificaciones petrológicas, etc.

Fuente imágenes:

http://luirig.altervista.org/pics/index4.php?search=Isoclinally+folded+quartzite.+Maria+Mountains.+Coin+for+scale…&page=1

http://imgur.com/dqUXlVn